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sábado, 5 de enero de 2019

INTIMÍSIMO




Dejando de lado la profusión que observo últimamente de mentes tan preclaras de individuos que, sin embargo, parece ser que solo consiguen destacar por su innata capacidad de egoísmo, egocentrismo y petulancia, tan rancias como sus disparatados, en algunos casos, razonamientos, hoy no tengo ganas de escribir sobre política, ni políticos. Hoy no tengo ganas de escribir siglas de partidos, ni de mentar estrategias políticas, de campañas, de jugadas ni jugarretas inherentes al ejercicio del poder. Hoy tengo ganas de personas, de humanidades, de gentes a las que hay que decirles, también, que una de las principales tareas que tienen, es poder conservar su independencia como seres racionales, que no deben dejarse influenciar por mensajes, eslóganes, mantras y discursos destinados a provocar un determinado estado de ánimo, de simpatía o animadversión concluyentes. Viviendo, como vivimos, empecinadamente asaetados por mensajes destinados precisamente a influenciarnos, no es nada fácil, lo sé. Pero hay que hacerlo para sacar la cabeza de ese lodazal y respirar, para seguir conservando el control sobre lo que, y cómo lo pensamos. Confieso, con todo, que la deriva que está tomando esta cosa llamada España, en su conjunto, descorazona y no poco, por lo que tampoco se trata de emprender una especie de huida hacia adelante, sino como digo de intentar, por todos los medios, de no dejar de ser uno-a mismo-a. Hoy, por ejemplo, he tenido ocasión de ver a una periodista, que primero uno quiere imaginarse que se considera mujer, ser tan benévola e indulgente con los nuevos salvapatrias que no han perdido ripio a la hora de demostrarnos su nivel de misoginia, que me ha inspirado mucha lastima por esa persona, mujer y periodista, porque esa indulgencia y esa benevolencia era una pura impostura, más que probablemente impuesta por quien le paga la nomina a fin  de mes. Si ese es el precio de la dependencia, yo no lo quiero ni lo querría nunca, preferiría mil veces que nadie me leyera ni un solo post, ni un solo párrafo, ni una sola línea, pero seguir conservando intacta mi libertad para pensar y escribir aquello que pienso y no otra cosa que no tenga nada que ver conmigo.
                                                        

Porque las personas somos capaces de muchas y de muy buenas cosas. Siempre he creído en esto porque lo puedo ver a diario. Lo puedo ver en como se esfuerza la gente por hacer bien su trabajo, a pesar en muchos casos de todos los pesares, lo percibo en su innata capacidad para solidarizarse con otras gentes, para generar un espacio de bienestar común, lo puedo ver en su amor vertido hacia las cosas pequeñas, en su capacidad para conservar esperanzas, así en plural, en su confianza que depositan en otras gentes sin pedir ni esperar por ello nada en contraprestación. No es que de repente me haya dado una sacudida de buenismo, como aquel que descubre de pronto un paraje de una belleza que lo deja sin habla; pero a veces hay que hacer ejercicios que nos devuelvan a cierto equilibrio, o acabaríamos mal de la sesera, irremediablemente. Nos vemos expuestos, sobre todo en función de la cantidad de horas que le dedicamos a las redes, a la toxicidad de mucha gente desquiciada que lo único que hace es dar muestras de sus miserias y ruindades, gente con la que no te pararías ni un segundo en la vida real, aquí llenan nuestro espacio con sus necedades, insultos, odios, frustraciones y zafiedades de todo tipo, haciendo mella en nuestro animo en la medida en que no nos preservemos de ellas. Daros la oportunidad, el alivio y la satisfacción de pasar de esa gente toxica o limitaros a responder a sus salidas de tono con el Emoji con la mejor de las sonrisas y, como decía mi sabia abuela que era sabia no por abuela, a otra cosa, mariposa.

Ha costado mucho trabajo, muchos sacrificios y muchos esfuerzos de muchísima gente anónima que se levanta cada día para construir, llegar al punto en el que estamos disfrutando de las cosas que podemos disfrutar, gracias como digo principalmente a esa ingente cantidad de gente honesta que, afortunadamente, sigue predominando sobre la otra. Se nos dio el don de la vida y un mundo maravilloso para vivirla, ¿porque hacer de lo fácil algo complicado? Reír, querer, dar felicidad, ser buenas personas, respetar, aprovechar el tiempo, ser empáticos, dejar las pendencias para las ocasiones en que tengamos que ser reivindicativos, dejar de relatar nuestras vidas como si fueran un continuo viacrucis en el que siempre somos las victimas de algo y, exacto: nunca somos nosotros culpables de nada, porque sí. Es más fácil efectivamente encontrar a alguien que le haya tocado la lotería, que a una persona con un sentido natural y correcto de la humildad, a alguien que pida disculpas por el error, que reconozca haberse equivocado, no haber pensado, no haber sabido, no haber querido. Nos pierde de continuo un sentido del orgullo mal encauzado, poco madurado y muy mal aplicado por lo general; tampoco me extraña mucho: nos pasamos la vida viendo tonterías en la tele, o a gente estúpida triunfar en la vida sin apenas esfuerzo y, a otras que, por mucho que se esfuercen, nunca llegan a casi nada porque hacen del sentido común el menos común de los sentidos. Y que conste que yo soy el primero, porque no parece de mucho sentido común levantarme a las 5 de la mañana porque no puedo dormir, para ponerme a escribir estas líneas; pero es que, como explicación, lo mío con la señora escritura ya es puro vicio. Aprovecho, ya de paso, para ponerme a escuchar a Bob Dylan, Supertramp, al The Boss, Pink Floyd y gentuza de esa ralea que, de buena mañana, me carga las pilas. Estos días, por cierto, estoy aprovechando para coger el coche y perderme por ahí, solo por el placer de conducir y de usar el coche para ponerme a escuchar a toda potencia a la Janis Joplin y su Cry Baby, cantándola con ella sin miedo al ridículo. Eterna, Janis.
                                                        

Que os vaya bonito y…

A más ver

       

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